miércoles, 13 de noviembre de 2013

Una colección de intenciones

       SALLA TYKKÄ: Anni (2002), grupo de siete fotografías color papel fotográfico aluminio (58,5 y 70,5 cm c/u)


Una chica adolescente mira al suelo cabizbaja, interroga el horizonte, una rabieta asoma, sorprendida su mirada me reta, pero de nuevo cae en el hastío y una lágrima ronda su mejilla. Como voyeur puedo adivinar alguno de sus sentimientos, pero como espectadora de la Colección de Fotografía Contemporánea en el Espacio Fundación Telefónica me planteo otros interrogantes. ¿Es una situación real o es ficticia? Se trata de Anni (2002), un grupo de siete fotografías realizadas por la artista finlandesa Salla Tykkä. Y la profunda expresión de sentimientos psicológicos bien podría ser una lectura válida y personal para iniciar la visita. Pues situada al mismo tiempo en curiosos extremos paradójicos y análogos, el trayecto expositivo planteado por el comisario Ramón Esparza nada tiene que ver con su diseño e instalación.

Hacia finales de los años 60 del pasado siglo existía una tendencia a visualizar la imagen fotográfica a merced de diversos medios comunicativos de uso dominante (periódicos, revistas ilustradas y libros). Y pese a la práctica experimental de las primeras vanguardias, el interés y preocupación por su difusión en el ámbito del museo no pasaba del carácter documental expuesto en pequeño formato. De ahí que su infiltración en el mundo de las artes plásticas, como si de una gran pintura se tratase, estuviera sitiada dentro de una dialéctica compleja y polémica: entre la noción de realidad-documento como instrumento de trabajo, y entre la idea de ficción-recreación como imagen conceptual y formal. Una doble dirección que marcará en la década de los 70 el inicio de una deconstrucción crítica y teórica de la naturaleza fotográfica por parte de los artistas. Y bajo esta tesitura arranca el recorrido.

Por un lado, la idea de apropiacionismo como planteamiento de nuevas opciones estéticas para los Cowboys&girlfriends de Richard Prince y los interiores parisinos de Sherrie Levine. Una serie de ejercicios preliminares de simulación, parodia o crítica de modelos iconográficos imperantes dentro de la sociedad y cultura pomoderna norteamericana, que dará lugar a los trabajos fotográficos de Jeff Wall, Cindy Sherman o Vik Muniz. Por otro lado, la sistematización y seriación de las imágenes de edificios industriales realizadas por el matrimonio alemán Bernd & Hilla Becher. Que como resultado de su actividad docente en la Escuela de Düsseldorf, forjará una nueva generación de fotógrafos interesados en una reflexión sobre la nueva objetividad del documentalismo, tales como Candida Höfer, Thomas Struth o Thomas Ruff. Y dentro de ambas tendencias, el despliegue en la parte central de la sala deriva hacia una serie de hibridaciones que divagan entre la mezcla de conceptos y la memoria. Un discurso coherente que se pierde por la desintegración del sentido expositivo espacial.

Así, las fotografías de acciones artísticas de Marina Abramovic se sitúan en diálogo horizontal con las escenas aleatorias de la vida cotidiana de Philip-lorca Dicorcia; los retratos de históricos parajes de España de Bleda y Rosa intentan cautivar nuestra mirada frente a las posturas sugerentes de Helena Almeida; al igual que las simulaciones arquitectónicas de James Casebere o el pretendido desorden de veintitrés imágenes en distintos tamaños de Wolfgang Tillmans, reclaman el intento de búsqueda de significados en nuestra interpretación. Y entre una cincuentena de autores y piezas más las imágenes se diluyen y compartimentan en el espacio expositivo de la Fundación Telefónica. Ya lo dice Frank Stella al final del trayecto: “lo que ves es lo que es”. ¿Y qué vemos? La fragmentación extraña, incómoda, de una profunda reflexión teórico-crítica entorno al medio fotográfico. No obstante, sí existe dentro del proyecto curatorial del catálogo. Una falla que parece esconderse en la razón de ser de los intereses de la puesta en marcha de la Colección.

Bajo el impulso renovador de un espacio estratégico que pertenece a la compañía Telefónica, líder a la vanguardia de las tecnologías de información, comunicación y entretenimiento en España y Latinoamérica, la elección en el año 2002 de una línea fotográfica fundamentada en la experiencia plástica se situaba como una empresa adecuada para su entonces presidente, Fernando Villalonga. Tal y como declara el texto introductorio del catálogo de María del Corral, fundadora de la propuesta y a la cabeza del comité asesor de expertos, dentro del circuito coleccionista de galerías e instituciones “todavía costaba reconocer que la fotografía había alcanzado en 2002 el estatus de arte”. Se iniciaba un año después un frenético proceso de compras previa partida de un listado de cincuenta artistas, ya existente en el discurso hegemónico de la fotografía norteamericana y centroeuropea entre los años 70 y 90. A lo sumo una carrera algo acelerada. Pues en 2004 culmina con la primera muestra de la Colección de Fotografía Contemporánea. Y aunque no podemos negar la calidad estética e histórica de las piezas, bajo la idea de una ética del deber de las fundaciones privadas se esconden unas claras intenciones de promoción y legitimidad empresarial frente al empoderamiento de lo público.

La lectura de los dos catálogos razonados son la clave de la situación. Ya en 2004, María del Corral afirmaba que las colecciones privadas podían ser consideradas como las parientes pobres de las instituciones. Y en un intento por dotar de autoridad la originalidad y el riesgo de sus propios criterios de selección enuncia: “Las colecciones de las Fundaciones empresariales suelen estar sometidas a la evolución de los contextos económicos, políticos y humano en los que se sitúan (…) por lo que el apoyo a la colección exige dar una oportunidad, entre otras muchas cosas, al tiempo”. Al mismo tiempo que se protege de una posible visión fragmentaria, se escuda bajo el factor cronológico como límite que promete mayores expectativas en el futuro. Sin embargo, casi diez años después poco ha crecido la colección. Y tampoco parece haber sido revisada. Pues bajo los mismos presupuestos curatoriales se engloba la muestra actual. Un discurso histórico-crítico en el cual se incluye letra por letra el mismo párrafo escrito dentro del catálogo. Que leído en el contexto de una crisis económica estatal, resulta cínico pensar hacia donde pretende derivar nuestra atención.

Por ello recomiendo dar un giro de tuerca y pensar un recorrido crítico al revés. La idea de visitar la colección bajo el parámetro de las sensaciones. Como si fuera la sucesión aleatoria de las páginas de un libro abierto, que nada obliga al espectador a seguir el orden recomendado ni el tiempo a dedicar por fotografía. Bajo la simple idea de disfrutarla tal cual. Como el resultado dispar de una serie de imágenes sugestivas que expresan la disparidad de varias miradas en la contemporaneidad. Rigurosos procesos de selección, fragmentación y encuadre que sugieren o provocan ideas. Meta-mensajes de intención que provocan emociones o resultan atrayentes porque sí.

Por Noelia Centeno

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